Fue inevitable… Como consecuencia de horas y horas profundizando en la mirada de un ave de presa, intentando comprender que las virtudes que los seres humanos consideramos superiores, como el valor o la nobleza, no sólo eran exclusivos de la Humanidad, sino que ya se encontraban en el psiquismo de aquellas aves, quizás las más perfectas que yo había conocido y que sirvieron de auténticas embajadoras para introducirme en el mundo de los amantes de la naturaleza, caí rendido incondicionalmente ante esos seres a los que llegué a tener por auténticos amigos, acompañándolos durante 18 años de mi vida. 

Gracias a ello se estimuló mi sensibilidad y receptividad  por todo lo natural,  por todo lo que significase VIDA (con mayúsculas). Cualquier insecto, cualquier animal vertebrado o invertebrado que pasase por mis manos debía ser estudiado, analizado y convenientemente dibujado, contribuyendo así a una mejor comprensión y, por qué no decirlo, mayor admiración por mi parte. Todo esto, unido a una insaciable curiosidad, alimentada con guías y enciclopedias sobre la especie en cuestión, que me fueron facultando como un autentico naturalista,  ávido de experiencias y de conocimiento por todo lo natural. 

El olor a la hierba recién mojada por un chaparrón de primavera y a los montaraces tomillo, hinojo y romero de las Sierras Subbéticas, encaramado a las rocas, escuchando los vertiginosos graznidos de las chovas piquirrojas o el rumor del viento sobre las copas de la encinas e intuyendo en diciembre el temprano ulular del búho real o el metálico reclamo primaveral de los halcones peregrinos, para exhibir sus amores y defender su roquedo, conformaron sin duda mi carácter.

Y al sentir la soledad en medio del campo, pero acompañado por seres diferentes a los humanos, me hicieron profundizar en la conducta animal, indagando en las complejas interacciones animales que determinan ese natural equilibrio y, por qué no decirlo, comprenderme a mí mismo y entender cuál era mi posición y hasta mi misión y objetivo en la vida:  comprender que soy una pieza más del puzzle llamado planeta Tierra y al mismo tiempo, que soy un ser humano, ese ser especial y único.

Puse pues, mis capacidades y talentos al servicio de una responsabilidad, la de dar a conocer a mis congéneres el mundo natural,  la belleza, armonía, bondad y nobleza de los seres vivos que nos acompañan en este viaje interestelar y universal a bordo de nuestra nave Tierra. No fue fácil el camino que tuve que recorrer y entre tanto, me formaba como profesional de la salud, puesto que entendí que era la profesión que me permitiría por un lado, ganarme la vida y por otro, permanecer inevitablemente unido a unos recursos que necesitaba para atender a los muchos animales, heridos, lesionados o tiroteados que caían en mis manos, llevados hasta mí por cuantas personas en mi pueblo sabían de mi amor por los animales salvajes.

En esta aventura, conocería en el norte de África a los dos compañeros de profesión más admirables que podía imaginar. Admirables por su sensibilidad y ansia de conocimiento, de lo conocido y por conocer, y admirables en su comportamiento y capacidad de trabajo, en su tesón y sobre todo en su amistad, sin fronteras, sin límites. Quedamos unidos en la amistad por una brújula y una pasión por el conocimiento, eso, y gracias a una promesa: que nuestra amistad no dependiera jamás ni de la distancia, ni del tiempo.

En pocas palabras, compartiría el sentido de la eternidad. 

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