No hace tanto tiempo, o al menos eso me gusta creer, nací en el seno de una familia itinerante. Ese era el inconveniente de la profesión de mi padre. Aunque según los ilustrados, una vida nómada podía ser sumamente enriquecedora para la formación integral de un jovenzuelo como yo. Sea como fuere, guardo gratos recuerdos de aquel camino trashumante.

Mi familia estaba estructurada según el patrón tradicional, esto es, ese deshumanizador fruto del opresor patriarcado (ironía): mi padre, un gran hombre con sólidos principios y valores, proporcionaba seguridad y provisión, mientras mi madre, una gran mujer de fortaleza extraordinaria, se dedicaba al cuidado de sus hijos y a las labores domésticas.

Un tórrido verano, a finales de los ochenta del pasado siglo, en plena efervescencia de mi etapa adolescente, nos mudamos a vivir a una pequeña población española y europea situada en el norte del continente africano. Recuerdo pisar por primera vez suelo melillense lleno de temor, pues me habían convencido de que insectos gigantes y fieras salvajes pululaban por las calles de la ciudad. En seguida me percaté de que las cosas no siempre son como nos las cuentan.

En mi primer día de instituto conocí a Jehohanan Müller y en poco tiempo nos unió una profunda amistad, casi mística diría yo, que dura hasta este momento. Recuerdo haber pensado cuando lo vi acercarse y entonar unas estridentes palabras – ¡La hostia, qué tío más raro! -, pero no tarde en reconocer que era poseedor de atributos que lo hacían diferente. Ser diferente no es lo mismo que ser raro. Son conceptos con matices muy distintos. He de admitir que yo no habría llegado a ser quien soy de no haber contado con la amistad de Jehohanan Müller. Era (y es) un fuera de serie: una capacidad física y agudeza mental tan extraordinarias como únicas, sin precedentes en mi experiencia personal.

Dicen algunos eruditos que a los hombres no nos gusta depender de otros hombres. Esta afirmación no sólo es ingenua, sino falsa. Yo dependía de mi amigo en aquellos años adolescentes y me gusta pensar que él dependió de mí. Cuando El Diseñador hizo la realidad que nos ha tocado habitar excluyó la posibilidad del ser en sí mismo, de modo que nada ni nadie, salvo Él, puede escapar a esta verdad. La interconexión y la interdependencia caracterizan nuestra experiencia y modo de existir.

El cimiento y los pilares de mi personalidad se forjaron al amparo de mi familia, pero las naves centrales y laterales, el transepto, el crucero, el ábside, etc., lo hicieron en compañía del extraño Müller. Como alumno y maestro, y maestro y alumno, llegamos a poseer en común numerosos rasgos de carácter, esquemas mentales, formas de pensar, habilidades psicológicas, expectativas, gustos, preferencias, actitudes, intereses, etc., y aquellos en los que diferíamos resultaron ser complementarios.

No había deporte en que dejáramos de participar. Los entrenamientos nos proporcionaron no sólo fortaleza, potencia y resistencia física, sino toda una suerte de virtudes de gran valor y de carácter psicológico, tales como autocontrol, autoconfianza, sacrificio, disciplina, cooperación, decisión, empatía, paciencia, persistencia, responsabilidad, respeto, prudencia, compromiso, lealtad, confianza, coraje, etc. Era tal el derroche de energía y vitalidad que desplegábamos que os podéis hacer una idea de nuestras necesidades calóricas y nutricionales. Nuestras familias se resistían a seguir alimentado a bisontes en lugar de a personas, aunque acababan cediendo. Eso sí, la única opción que teníamos era la dieta mediterránea y no la anglosajona que nos hubiera gustado (muy de moda a la sazón): pescado, cereales, legumbres, verduras y hortalizas a tutiplén, todo ello regado con abundante aceite de oliva, y acompañado con algo de huevos, carne y lácteos.

Esta necesidad nutricional hacía que nuestras primeras aventuras de supervivencia no duraran mucho. Las excursiones a pie que con frecuencia organizábamos y en las que terminábamos bañándonos en alguna recóndita y paradisíaca playa marroquí y comiendo sólo lo que la tierra proporcionaba, tal como hacían nuestros antepasados prehistóricos y algunos coetáneos del presente etnográfico, debían ser cortas. No obstante, poco a poco nos fuimos endureciendo y siendo capaces de resistir a base de raíces, tubérculos, bayas, insectos (recuerdo que el saltamontes tenía un sabor similar al de la gamba), lapas y de lo que, de vez en cuando, podíamos extraer de las profundidades del mar, como pulpos y peces.

Cada verano, después de culminar el año lectivo con éxito, nos zampábamos (masticábamos, deglutíamos, digeríamos y asimilábamos) decenas de libros que sacábamos de la biblioteca municipal. Todo era de nuestro interés. No sólo las novelas eran objeto de nuestro insaciable apetito, sino obras de toda disciplina: desde la historia, física, filosofía, geografía, hasta la antropología, biología, psicología, pasando por la sabiduría oriental y la parapsicología. Recuerdo que el diseño anatómico de los insectos, alguno regido, como en el caso de la abeja y la hormiga, por la proporción áurea, nos fascinaba, así que pasábamos horas en la biblioteca memorizando sin sentido los nombres científicos de cientos de bichos. Aún hoy, después de tantos años, soy capaz de articular el nombrajo de algunos: Pyrrhocoris Apterus, Coccinella Septempunctata, Libellula Quadrimacullata.

Durante algunos años no fuimos conscientes de la dimensión espiritual del ser humano (porque no somos solo carne, sangre y sesos, como ya iremos desentrañando en este blog). Puedes leer durante años cientos de libros al respecto, conocer todo sobre la espiritualidad de las diferentes sociedades pasadas y presentes, y la chispa divina que todos, sin excepción, llevamos en nuestro interior permanezca todo ese tiempo ahogada. No queremos decir que sea inútil buscar en las letras y las palabras esa sabiduría trascendente, porque – …el que busca, halla…- (Mt 7:8), pero tened por seguro que no la alcanzaréis hasta que ella descienda sobre vosotros. Así nos aconteció a Jehohanan y al que escribe. Un buen día, sin quererlo, mientras leíamos un texto oriental, comenzamos a notar una intensa desazón, un extraño e indescriptible cosquilleo a la altura del plexo solar y a preguntarnos, como antes no lo habíamos hecho, qué es del hombre después de la muerte. A partir de ese momento nuestro interés por la muerte, la renovación, la destrucción, la regeneración, lo oculto y la magia crecieron notablemente.

Fuimos juntos a la universidad, donde conocimos al tercer personaje de esta historia. Otro tipo atípico, de esos que la mayoría de los mortales clasificaría en la categoría de estrafalario. Nosotros, sin embargo, reconocimos en él una excepcionalidad fuera de toda duda. Su sabiduría, valor, disposición y carácter eran fascinantes. Ya no volveríamos nunca a desligarnos de él. Formamos una unidad tripartita que ni el tiempo ni el espacio pudieron romper. Una íntima amistad basada en un entrelazamiento cuántico de cada una de nuestras partículas elementales. Su amor por la naturaleza y los bichos que la habitan nos proporcionó una perspectiva nueva. Recuerdo haber seguido a este naturalista e ilustrador excepcional hasta las profundidades más remotas de la Sierra Subbética cordobesa donde nos mostró, entre otros animales, una pareja de majestuosas águilas reales. Equipados con unos prismáticos y una buena dosis de paciencia, en silencio y escondidos entre unos lentiscos para no entorpecer la observación, nos contó un hecho apasionante de la vida de las águilas, que servirá a la perfección para terminar mi presentación y como descripción general del propósito y contenido de esta web.

El águila, la reina de los cielos, vive casi tantos años como el ser humano. Cuando cumple los cuarenta sus capacidades han alcanzado tal estado de decadencia que parece destinada a la muerte. Su pico ha crecido y engrosado sobremanera, sus garras se han debilitado, de modo que pierde el poderío extraordinario del cazador de los cielos. Entonces ocurre algo maravilloso. Vuela hasta lugares elevados, recónditos, inaccesibles, perdidos y allí, entre sufrimiento y dolor, tiene lugar su metamorfosis. Se arranca el pico, las plumas y las garras; las muda, las cambia y regresa en todo su esplendor para convertirse de nuevo en la reina de los cielos. De ahí que esta preciosa ave represente la sanación y la renovación.

Hace unos meses, leyendo la Escritura, surgió la idea de crear un blog que sirviera como casa, como lugar de encuentro donde compartir nuestra experiencia, reflexiones, conocimiento, nuestra luz, con el objeto de poder ayudar a otras personas a revolucionar sus vidas, a fortalecer sus cuerpos, sus psiques, a renacer, a regenerarse, a limpiarse, a encontrar La Luz, a ver, a andar, a encontrar el camino,… Como dijo el Maestro  – Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino en el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa -. Al mismo tiempo este blog pretende ser un lugar de interacción desde el que nosotros podamos seguir aprendiendo de vuestra luz, porque todos vosotros, aunque no lo creáis, tenéis mucho que enseñar.

Da un salto cuántico y únete al Origen de la Humanidad Alfa. Welcome to the Alfa Humankind Origin: AHO1.

JAAKOB P´REZ

1. – …Aho, mitakuye oyasin… -, de la oración Lakota (tribu de los Sioux) para honrar la unión del Espíritu con el TODO. https://sanaciondelalma.com.ar/2016/07/25/aho-mitakuye-oyasin-por-todas-mis-relaciones/