EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

Experimento de la cárcel de Stanford
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Solemos creer en la existencia de personas buenas y malas y atribuimos su bondad o maldad a su personalidad. Pensamos que algún factor interno, heredado o adquirido en la infancia, conduce al ser humano a cometer actos inconcebibles e inmorales. Sin embargo, ¿se ha preguntado en alguna ocasión cómo es posible que una persona generosa, benévola y tolerante puede ejercer actos de gran crueldad cuando el contexto le mueve a ello? Esto es lo que quiso averiguar el psicólogo norteamericano Philip Zimbardo cuando diseñó el, hoy en día famosísimo, experimento de la cárcel de Stanford.

¿Si colocamos a gente buena en un lugar malo ¿la persona triunfa o acaba siendo corrompida por el lugar? P. Zimbardo Clic para tuitear

A este experimento y sus increíbles resultados dedicamos el artículo de hoy. Nos parece muy interesante conocer la razón que lleva a personas incapaces de hacer el más mínimo daño en su contexto normal a convertirse en seres de moralidad infame, capaces de cometer los actos más reprobables cuando el ambiente los empuja a ello. No se pierdan los pormenores del experimento de la cárcel de Stanford.

UN DEBATE MUY ANTIGUO

El origen del mal constituye un muy antiguo ámbito de debate filosófico y religioso. Más recientemente, la psicología ha tratado de abordar el problema. La corriente conductista apostó por atribuir el mal humano a rasgos del carácter y la personalidad. Por su parte, la psicología social concibe la conducta humana, mala en este caso, como el resultado de la interacción entre la persona y el ambiente. Es decir, sin olvidar la importancia del factor interno o cognitivo, incide en la relevancia de la situación para explicar la naturaleza de los actos perversos.

Gracias a los aportes de la psicología social, hoy sabemos que la maldad no es exclusivamente atribuible a la “naturaleza” de las personas. En cambio, el contexto o situación no sólo es importante a la hora de orientar el comportamiento moral de una persona, sino que en muchos casos es absolutamente determinante.

Y a estas conclusiones llegó Zimbardo con el experimento de la cárcel de Stanford. Como verá a continuación, unos jóvenes estudiantes universitarios, estables desde el punto de vista psicológico, sin psicopatología de ningún tipo, se comportaron con escalofriante crueldad con sus compañeros por el simple hecho de encontrarse sometidos a un contexto carcelario ficticio y habérseles asignado el rol de guardia. Siga leyendo, porque no se lo va a creer.

EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

En 1971, Philip Zimbardo, profesor de psicología de la Universidad de Stanford, llevó a cabo un experimento psicológico con el que pretendía investigar el efecto de un contexto extremo, como el carcelario, en la vida del ser humano. Se le conoce como el experimento de la cárcel de Stanford o, simplemente, el experimento de Stanford. Este eminente psicólogo deseaba desentrañar la influencia del entorno y los roles extremos en la conducta de las personas. En definitiva, pretendía observar el comportamiento de las personas consideradas “buenas” y comprobar si en condiciones de especial tensión se dejarían llevar por la barbarie.

Para ello acondicionó uno de los sótanos de la Universidad de Stanford para que fuese una cárcel (o al menos lo pareciese).

El experimento contó con 24 estudiantes de la universidad, a los que se les prometió un pago diario de 15 $, lo que en la actualidad equivaldría a casi 100$, durante las dos semanas que duraría el estudio. ¡Nada mal! ¿verdad? Estos voluntarios fueron asignaron a dos grupos de manera aleatoria. Por un lado, los 12 guardias, quienes ostentarían el poder y, por otro lado, los 12 presos, que permanecerían recluidos en la cárcel simulada en situación de pérdida de libertad.

Los participantes fueron seleccionados de entre 70 voluntarios, previo examen psicológico. Eran varones blancos, de clase media, sin antecedentes criminales, con buena salud y estables psicológica y emocionalmente.

INGRESO EN LA CÁRCEL DE STANFORD: LOS PRESOS

Antes de continuar, hay que decir que tanto Zimbardo como uno de sus colaboradores debían adoptar roles dentro de la cárcel. El primero sería el superintendente y el segundo, el alcaide.

Una vez llevada a cabo la selección, quienes debían escenificar el rol de prisionero fueron enviados a sus casas. ¡Ah! un dato muy importante es que podían abandonar el experimento en cualquier momento, aunque si lo hacían perderían la remuneración acumulada de 15$ diarios.

Para aumentar el realismo, estos presos fueron detenidos de forma sorpresiva en sus domicilios con la ayuda de agentes reales pertenecientes al departamento de policía de Palo Alto. Se les llevó a la cárcel improvisada, los guardias retiraron sus pertenencias, tomaron fotografías y huellas dactilares, los desnudaron, exploraron y despiojaron.

Acto seguido, se les proporcionó un número de identificación, que llevarían inscrito en la uniformidad que debían vestir en la cárcel: prendas casi transparentes, sin ropa interior, con una media en la cabeza, unas sandalias con el tacón de goma y encadenados con grilletes en los tobillos. A partir de ese momento serían conocidos por su número y no por su nombre. Finalmente, fueron confinados en grupos de tres en celdas de reducido tamaño.  

Uniformidad de los presos y guardias durante el experimento de la cárcel de Stanford

EN LA CÁRCEL DE STANFORD: LOS GUARDIAS

Mientras tanto, los doce que representaban el papel de guardia de la cárcel recibían instrucciones de Zimbardo: no hacer daño físico a los presos. Otras directrices se encuentran descritas en su libro “El efecto Lucifer: el por qué de la maldad” (2007):

“Podéis crear en los prisioneros sentimientos de de frustración, una sensación de miedo hasta cierto grado, una noción de arbitrariedad en la que sus vidas están totalmente controladas por nosotros y por el sistema y en la que ellos no tienen privacidad. Vamos a despojarlos de su individualidad de diferentes maneras. En general, todo esto lleva a una sensación de falta de poder. En esta situación, nosotros tendremos todo el poder y ellos no tendrán ninguno”.

Los guardias recibieron uniformes de estilo militar, porras y unas gafas de sol de espejo con el objeto, según Zimbardo, de evitar el contacto visual con los prisioneros y ahondar más en el buscado proceso de deshumanización. Los guardias tenían la ventaja de poder regresar a casa tras la finalización del turno de trabajo. 

COMIENZA EL EXPERIMENTO DE STANFORD

El primer día no ocurrió nada relevante. Parecía que los participantes no lograban introducirse en el rol asignado. Para conseguir una mayor inmersión en los roles, los guardias comenzaron a realizar recuentos y controles rutinarios, sin aviso ni justificación, así como imponer normas y prácticas arbitrarias. Esta forma de maltrato por parte de la autoridad, consistente en la imposición de reglas arbitrarias y sin motivo, es sutil pero muy efectiva. Si durante estos procedimiento los presos cometían algún error, los obligaban a hacer flexiones y someterse a humillaciones leves.

El segundo día tuvo lugar un motín, que fue sofocado por los guardias rociando a los presos con extintores. Y a partir de ese momento, el experimento dio un vuelco incomprensible. Los guardias dejaron las imposiciones inofensivas e iniciaron acciones humillantes, sádicas y con un alto grado de violencia contra los prisioneros.

Aunque la peor parte se la llevaron los instigadores de la rebelión, las vejaciones a las que los guardias sometieron al conjunto de los presos durante los siguientes días fueron de lo más variopintas. Impedirles comer y dormir, hacerlos dormir en el suelo, despertarlos con el estruendo de silbatos y golpes de las porras en los barrotes de las celdas, permanecer esposados, retirarles los colchones, encerrarlos y aislarlos en armarios durante horas, obligarles a realizar ejercicio físico y limpiar retretes sin protección, mantenerlos de pie de cara a la pared, desnudarlos, ponerlos en ridículo, insultarlos, obligarlos a simular sexo oral entre ellos, hacer y deshacer las camas una y otra vez, etc. Y a pesar de que estaba prohibido la violencia física, los empujones, zancadillas y zarandeos comenzaron a ser frecuentes. 

DIVIDE Y VENCERÁS

Para más inri, los guardias pusieron en marcha la táctica más antigua de la humanidad para lograr hundir psicológicamente a los prisioneros e impedir más motines y levantamientos: Divide et impera. Los separaron en celdas de buenos y malos, y extendieron el rumor de que había chivatos. Así promovieron la desconfianza, la enemistad y el enfrentamiento entre ellas.

EXPERIMENTO DENTRO DEL EXPERIMENTO

A cada prisionero se le ofreció solicitar la “libertad condicional” a cambio de renunciar a su paga. Casi todos aceptaron. Más tarde se les informó que la Comisión de Libertad Condicional había rechazado su solicitud y que debían seguir encerrados. Pues bien, en vez de abandonar el experimento y salir de la cárcel ficticia, como sería lo más lógico (dicho sea de paso), ya que en cualquier caso habían decidido renunciar a su remuneración, todos sin excepción regresaron dócilmente a sus celdas. 

Podían haber salido libremente en el preciso momento en que se denegaba la “condicional” y, sin embargo, ¡permanecieron en la cárcel! ¿Por qué actuaron de este modo y obedecieron ciegamente? Zimbardo afirma lo siguiente en relación con este acontecimiento kafkiano:

“Porque se sentían impotentes para resistir. Su sentido de la realidad había dado un vuelco y ya no percibían el encarcelamiento como un experimento. En la cárcel psicológica que habíamos creado, sólo el personal de prisiones tenía poder para conceder la libertad condicional.”

Comportamiento sádico de los guardias en el experimento de la cárcel

FINAL DEL EXPERIMENTO

A pesar de que la situación se había descontrolado, Zimbardo no detuvo el experimento. Años más tarde confesó se encontraba tan inmerso en su papel de superintendente que no supo identificar el momento en que se sobrepasó el límite ético de la investigación. Tuvo que recibir la visita de la psicóloga Christina Maslach para detener el experimento abruptamente. En su libro, Zimbardo relata las palabras de esta compañera de gremio:

 “…son chicos que están siendo deshumanizados y humillados por otros chavales que han perdido el norte moral”

MÁS DETALLES DEL EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

La rebelión fue el desencadenante que inició de forma gradual la profunda transformación de los estudiantes. Una dinámica de asimetría, una relación de dominio y sumisión se fue consolidando con el paso de los días. Unos actuaban con intensa maldad y otros con gran sometimiento y pasividad.

Los guardias, en efecto, perdieron el “norte”, dejaron de distinguir su rol de la realidad, y se sabían en posesión del poder y capacidad para lograr su objetivo: la despersonalización y desorientación de los reclusos. Cada día mostraban mayor creatividad a la hora de maltratar a los reclusos. Habían asumido el control absoluto y lo demostraban a través del trato humillante y el desprecio hacia los presos.

Estos, por su parte, aceptaron su situación de inferioridad, se sometieron, olvidaron que eran simples estudiantes participando en un estudio y asumieron que eran presos de verdad. Posteriormente, reconocieron que llegaron a convertirse en personas sumisas, dependientes y que se sentían deshumanizados.

Un dato curioso es que cuanto más dóciles eran los prisioneros, más inhumanos se volvían los guardias. La transformación de un grupo de jóvenes normales en “psicópatas” torturadores y borregos sumisos se produjo de manera tan espontánea que los investigadores olvidaron la dimensión ética del experimento. De hecho, más tarde Zimbardo reconocería que encarnó su rol autoritario anteriormente despreciado por él:

“Toda mi vida me opuse al concepto mismo de la figura de autoridad: el hombre dominante, autoritario, con un status elevado. Y yo encarné esa abstracción”.

Despersonalización en el experimento de Stanford

CONSECUENCIAS DEL EXPERIMENTO

Con el paso de los días y tras el trato vejatorio al que eran sometidos, los presos se sentían más y más exhaustos física y mentalmente. El estrés era tan grande que en general sufrían falta de concentración, confusión e inestabilidad mental. Unos expresaron la tensión a través de la abulia y sumisión ciega, mientras que otros llegaron a sufrir afecciones emocionales, incluyendo los estados depresivos y ansiosos. El llanto en las celdas era frecuente. De hecho, dos reclusos tuvieron que abandonar y ser reemplazados a causa de la situación percibida como altamente traumática. Uno de ellos sufría una profunda depresión.

Uno de los nuevos reclusos, aún con capacidad de rebelarse y luchar, ante el trato cruel e inhumano que sufrían el resto de presos, inició una huelga de hambre. Fue castigado duramente, lo recluyeron en una pequeña habitación y lo sometieron a vejaciones diversas. Los guardias propusieron a los presos que, si renunciaban a sus mantas, el nuevo recluso podría salir de su confinamiento. Sorprendentemente, prefirieron conservar sus mantas y permitir que el recién llegado sufriera el castigo que, dicho sea de paso, consideraron justo por ser un alborotador. En lugar de respaldar la rebelión del recién llegado, lo consideraron un insurrecto que les traería más problemas que beneficios.

PUESTA EN COMÚN DE LA EXPERIENCIA

Después de finalizar el experimento de la cárcel de Stanford, el equipo de investigación reunió a los participantes para que describieran la experiencia.

En general, los participantes se sorprendían al recordar su comportamiento. Los que habían ejercido el rol de guardia recordaban con escalofrío su crueldad, si bien es cierto que algunos fueron más empáticos. Respuestas como la que sigue no eran infrecuentes:

“Los veía como borregos y su situación no me importaba lo más mínimo… a veces estaba a punto de olvidar que los presos eran personas…”

Los prisioneros, por su parte, no alcanzaban a comprender el grado de sumisión y pasividad que desarrollaron durante el experimento.

Incluso los investigadores, hombres preocupados y con gran afecto por los estudiantes, estaban desconcertados por su falta se sensibilidad y empatía durante el experimento. Como los estudiante participantes, interiorizaron de tal manera sus roles que llegaron a ceder al poder de la situación y sustituyeron sus valores morales positivos por otros absolutamente destructivos.  

CONCLUSIONES DEL EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD

¿Puede inducirse una conducta mala en una persona buena? ¿Pueden las situaciones o condiciones conflictivas alterar los valores y actitudes inherentes a la personalidad de un individuo? ¿Qué serie de circunstancias deben darse para que personas buenas (o al menos normales) puedan llegar a ejecutar actos malvados?

El experimento de la cárcel de Stanford proporciona respuesta a estos interrogantes. Entre las conclusiones de Zimbardo:

“…la situación hizo salir lo peor de muchos de aquellos estudiantes transformando a unos en autores de maldades y a otros en víctimas patológicas…”

No cabe duda de que un contexto extremo, caracterizado por una asimetría de poder, en el que unos ejercen un dominio absoluto sobre otros, puede conducir a la pérdida de la individualidad de las personas subordinadas, es decir, a despojarlas de su humanidad. Este hecho puede ocasionar sentimiento de indefensión, de modo que pierdan su capacidad de respuesta, de oposición, lleguen a creer que nada de lo que hagan servirá para cambiar la situación, convirtiéndose en seres frustrados, pasivos y sumisos, es decir, en borregos. En otras personas puede ocasionar trastornos del estado de ánimo.

Esta misma situación asimétrica ejerce un influjo poderoso sobre la clase dominante, pudiendo llegar a generar comportamientos de lo más crueles, sádicos e inhumanos.  

¿PUEDEN EXTRAPOLARSE LOS RESULTADOS A UNA SITUACIÓN REAL?

Tal vez podría bastar con sacar a las personas de su “normalidad” e introducirlas en una “nueva normalidad”, donde se las despoje de su individualidad, pierdan su intimidad, libertad de acción y se las confunda mediante normativas arbitrarias, disciplina y exigencias sinsentido, para que se produzcan cambios no deseados en el comportamiento de ellas. Concretamente, se las induzca a ser sumisas o a desarrollar afecciones emocionales.

Por otra parte, en la nueva normalidad, en quienes ostentan el poder podrían aparecer comportamientos inhumanos, sádicos y carentes de todo tipo de moralidad.

Para terminar, un fragmento del libro de Philip Zimbardo, “El efecto Lucifer: el por qué de la maldad”:

El poder de la situación puede más que el poder de la persona en determinados contextos. P. Zimbardo. Clic para tuitear

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P´REZ&MÜLLER

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